En un mundo deportivo en el que lo que pesa es la publicidad, el patrocinio, el conseguir dinero para correr y estar más arriba que los demás. Una fauna en la que lo de menos es lo que hace el piloto y lo de más son los reglajes que los ingenieros y la telemetría dicen. Un ecosistema en el que abundan prostitutas de lujo, acompañantes egregi@s y derroche. En medio de todo ello hay chicos de entre 20 y 30 años que sólo les sube la adrenalina cuando quieren alcanzar la perfección e ir un poco más allá en la frenada para hacer mejores tiempos… unos críos, forrados de dinero que deben pegarse puñaladas traperas por ser hombrecitos y, al mismo tiempo, hablar de cara a millones de espectadores como si lo hubieran hecho toda la vida.
Estos super-hombres y, súper mujeres caso de Danica Patrick, tienen todo para des-enfocarse y volverse imbéciles perdidos. Unos se defienden asumiéndolo, otros se defienden con salidas tangenciales (caso de Alonso), otros hacen lo que pueden y otros, sencillamente, se pierden como juguetes rotos.
Una buena guía en un momento determinado es la salvación, la familia. Con todo lo anterior quiero que asumáis que la Fórmula 1 es ese deporte y en él hay pilotos. Personas a las que la velocidad del coche y lo que pasa a su alrededor le dejan tan solo que se vuelven egoístas.



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